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El Caracol: el lago que México lleva siglos intentando matar

2 oct
4 min de lectura
Vista aérea del área de El Caracol en el antiguo Lago de Texcoco con formas espirales, zonas inundadas y suelo salino.
La cuenca del antiguo Lago de Texcoco aún revela su estructura original bajo capas de infraestructura y abandono.

Hay una extraña costumbre en el Valle de México: cada vez que el agua intenta regresar, alguien diseña una obra para expulsarla otra vez. Durante más de cinco siglos, la historia de la cuenca ha sido, en gran medida, una guerra abierta contra su propia geografía. Primero fueron los conquistadores que no entendían cómo funcionaba una ciudad construida sobre lagos. Después llegaron ingenieros convencidos de que el progreso consistía en secar todo lo que pareciera un humedal. Más tarde aparecieron urbanizadores, desarrolladores y gobiernos que terminaron de convertir una de las cuencas lacustres más extraordinarias del planeta en una inmensa superficie de concreto, asfalto y drenajes. El resultado es conocido: hundimientos, escasez de agua, inundaciones recurrentes y una ciudad que bombea líquido desde cientos de kilómetros de distancia mientras reduce las oportunidades de conservar el que cae del cielo.

Por eso El Caracol resulta tan interesante. No porque sea un parque espectacular ni porque prometa convertirse en una nueva atracción turística. Su importancia radica precisamente en lo contrario. Es uno de los pocos proyectos contemporáneos que reconoce algo que debería ser obvio: el problema del Valle de México no es simplemente que tenga demasiada agua. Es que hemos construido una ciudad que intenta expulsarla cuando sobra y traerla desde lejos cuando falta.

El Caracol se encuentra entre Ecatepec y San Salvador Atenco, dentro de los territorios asociados al antiguo Lago de Texcoco. El nombre proviene de la gigantesca estructura en espiral asociada al antiguo complejo industrial de Sosa Texcoco, utilizado durante décadas para procesos de evaporación y aprovechamiento de las aguas salinas del antiguo lago. Visto desde el aire parece una gigantesca cicatriz geométrica dibujada sobre lo que alguna vez fue un ecosistema complejo de lagunas, humedales y zonas de inundación estacional. Durante décadas funcionó como infraestructura industrial, una pieza más en el largo esfuerzo por controlar una naturaleza considerada incómoda. El problema es que la naturaleza rara vez acepta su derrota de forma permanente.

Mientras gran parte del urbanismo contemporáneo presume proyectos llenos de renders espectaculares, plazas fotogénicas y mobiliario diseñado para aparecer en Instagram, la restauración de El Caracol persigue una meta mucho menos glamorosa: devolverle espacio al agua. La idea consiste en recuperar áreas inundables, favorecer la presencia de vegetación adaptada a condiciones salinas, permitir la formación de hábitats para aves migratorias y reconstruir parte de los procesos ecológicos que durante siglos definieron la identidad de la cuenca. El proyecto contempla recuperar unas 800 hectáreas: 550 destinadas a zonas inundables y otras 250 a espacios recreativos. Para junio de 2026 ya se habían inundado de manera controlada alrededor de 124 hectáreas. Dicho de otra manera, se intenta restaurar aquello que el propio desarrollo urbano se empeñó en destruir.

Lo fascinante es que este proyecto obliga a replantear una de las narrativas favoritas de la modernidad mexicana. Durante generaciones se enseñó que secar lagos era un triunfo de la ingeniería. Los grandes túneles de desagüe, los canales de expulsión y las obras de drenaje fueron celebrados como símbolos de progreso. Sin embargo, cuanto más eficiente se volvió el sistema para sacar agua de la cuenca, más graves se hicieron los problemas asociados a su ausencia. El suelo comenzó a hundirse porque los acuíferos eran explotados más rápido de lo que podían recargarse. Las inundaciones aumentaron porque el agua de lluvia ya no encontraba superficies naturales donde infiltrarse. La desaparición de cuerpos de agua también modificó las condiciones térmicas y ambientales de la ciudad. Después de décadas intentando corregir las consecuencias, la conclusión resulta incómoda: quizá el lago tenía razón.

La recuperación de humedales no resolverá por sí sola los problemas hídricos de la Zona Metropolitana. Pensar eso sería ingenuo. Sin embargo, representa algo igual de importante: un cambio de paradigma. Durante mucho tiempo la planificación urbana actuó como si la naturaleza fuera un error que debía corregirse. Hoy comienza a emerger una visión distinta, una que entiende que la infraestructura ecológica no es un lujo ambientalista sino una condición básica para la supervivencia de las ciudades. Un humedal puede almacenar agua, mejorar la biodiversidad, reducir riesgos de inundación, favorecer la recarga y ayudar a moderar las condiciones ambientales locales. No sustituye toda la infraestructura hidráulica; cambia la relación entre esa infraestructura y el territorio.

Por supuesto, también existen preguntas incómodas. ¿Habrá voluntad política para mantener el proyecto durante décadas? ¿Se protegerá el territorio frente a nuevas presiones urbanas? ¿Se garantizará la disponibilidad de agua necesaria para sostener los ecosistemas recuperados? ¿Se permitirá que la restauración avance más allá de los límites administrativos y se integre con otras áreas del antiguo Lago de Texcoco? Son interrogantes legítimas porque la historia mexicana está llena de proyectos ambientales que sobreviven menos que el periodo gubernamental que los inaugura.

Aun así, El Caracol merece atención porque representa una idea extraordinariamente rara en nuestra cultura urbana: la posibilidad de admitir un error histórico. Durante siglos el Valle de México intentó eliminar sus lagos. Después gastó enormes cantidades de dinero tratando de solucionar los problemas generados por esa decisión. Ahora comienza a descubrir que la respuesta quizá no estaba en construir más infraestructura para expulsar el agua, sino en permitir que una parte de ella regrese. No es una conclusión particularmente heroica para la ingeniería moderna. Tampoco produce fotografías tan atractivas como un puente icónico o un rascacielos firmado por una estrella de la arquitectura. Pero tiene una virtud que escasea en el urbanismo contemporáneo: funciona con la lógica del territorio en lugar de pelear contra ella.

Quizá por eso El Caracol no es simplemente un proyecto de restauración ecológica. Es un recordatorio incómodo de que algunas de las mayores innovaciones urbanas del siglo XXI consisten en dejar de cometer los errores del siglo XX. Y en una ciudad que ha pasado quinientos años intentando deshacerse de su lago, permitir que una pequeña parte sobreviva ya es una revolución.

1 comentario


Pereztroika
Pereztroika
hace 3 días

Me gustaria ver algun dia q nuestros gobiernos vean la importancia de los lagos y en vez de quererlos secar o entubar simplemente los dejen ser y aprender y aceptar q ellos forman parte de nuestro vivir.

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