México También Tiene Algo Que Decir
Tres casos mexicanos de recuperación urbana que demuestran que el país no solo importa los problemas de la eco-gentrificación global, sino que los tiene hace décadas, con sus propias variantes, sus propias contradicciones y, en al menos un caso, con una lucidez técnica que merece más atención internacional de la que recibe.
Tenochtitlán fue fundada sobre un lago. Tenía 51 ríos. Canales donde hoy hay avenidas de seis carriles. Chinampas donde hoy hay estacionamientos. Cuando la Ciudad de México habla de recuperar espacios hídricos, no está hablando de mejoras cosméticas al paisaje urbano: está hablando de desandar quinientos años de decisiones que convirtieron una de las ciudades lacustres más sofisticadas de la historia en una metrópoli con problemas crónicos de hundimiento, inundaciones y escasez de agua. Con ese contexto, cualquier proyecto de recuperación urbana en México adquiere una dimensión diferente a la del High Line de Nueva York. Aquí no solo se recupera espacio público. Se intenta, con recursos limitados y voluntad política intermitente, deshacer siglos de ingeniería al servicio del crecimiento sin límite.

Ciudad de México - El Canal de Porfirio Díaz Convertido en Parque del Siglo XXI
Longitud total: 5,6 km - Fase ejecutada: 7,3 hectáreas (tramo Av. del Peñón a Eje 2 Norte) - Presupuesto total Fase 1: $184,8 millones de pesos - Año de proyecto: 2019 - Inauguración: 2020 - Arquitectos: Fernando Tepichin Jasso y Alejandro Polo Lamadrid / 128 Arquitectura y Diseño Urbano - Equipo: Arq. Ricardo Pérez González, Arq. Angélica Moreno Torres, Arq. Fernanda Lozano Mendoza, Ing. Delfino Segura, Ing. Enrique Zenón, Ing. Javier Cesín, Arq. Psj. Maritza Hernández, Arq. Psj. Andrea Mejía, Arq. Psj. Rodrigo Canjay Torres - Premios: Premio Mundial BAQ 2020 - Nominado Premio Mies Crown Hall Americas 2022 - Bienal de Arquitectura CDMX 2021 - LOOP Design Awards 2023
Antes - Un canal que drenó una ciudad y luego se convirtió en su herida
El Gran Canal del Desagüe fue inaugurado por Porfirio Díaz en 1900 y es una de las obras de ingeniería hidráulica más importantes del México moderno. Su función era resolver lo que la ciudad colonial nunca pudo: drenar las inundaciones crónicas de la cuenca lacustre sobre la que se construyó Tenochtitlán. Durante décadas cumplió su función. Luego el siglo XX se encargó de convertirlo en otra cosa: un canal con aguas residuales, sin acceso público, sin iluminación, rodeado de bardas y convertido en una franja de tierra de nadie que dividía colonias de la zona oriente de la ciudad históricamente relegadas, con déficit crónico de espacio público sin que nadie hubiera decidido conscientemente que eso era lo mejor que podía hacerse con ese suelo.
La historia de la infraestructura hidráulica de la Ciudad de México se remonta a la época precolombina y partió del control de la cuenca del lago de Texcoco. Con el paso del tiempo, los canales históricos se fueron transformando en vialidades, drenajes o han desaparecido por completo. El Gran Canal sobrevivió a ese proceso, pero apenas. Para la segunda década del siglo XXI era lo que los urbanistas franceses llaman un terrain vague: un espacio que existe pero que nadie habita, que divide pero que nadie cruza, que tiene historia pero que nadie puede leer porque no hay ni iluminación ni acceso.
El Origen - Una política de gobierno con criterio técnico real
En 2019, la Ciudad de México propuso la reinvención de espacios de infraestructura abandonados que resultaron en la descomposición paulatina del tejido urbano y social. El despacho 128 Arquitectura y Diseño Urbano, fundado por el arquitecto Fernando Tepichin Jasso, ganó el encargo para desarrollar el proyecto. No hubo concurso internacional de ideas ni llamado a starchitects de tres continentes. Hubo un equipo local con casi veinte años de experiencia en proyectos de espacio público en contextos de alta complejidad social y técnica, y una propuesta que apostaba por lo que Tepichin describe con una claridad que los comunicados de prensa rara vez tienen: "Suena fácil decir "quita una barda", "planta árboles", "crea jardines", "haz un parque", pero en términos de lo constructivo, lo ejecutivo y de gestión entre las diferentes instancias, es necesaria la paciencia, el diálogo y un fin común."
El Proyecto - Diseño con memoria prehispánica y lógica ecológica
La estructura fue diseñada para simbolizar las grandes calzadas prehispánicas, con taludes ajardinados que incorporan rampas y escalinatas a lo largo del parque. El equipo aprovechó la característica más inusual del terreno el desnivel generado por el espacio hundido donde corría el canal en lugar de nivelarlo y borrarlo: ese desnivel se convirtió en el elemento espacial dominante del proyecto. Se realizó una intervención de 73 mil m² en el desnivel o espacio hundido que ocupó el canal, para desaparecer la franja de 1 km de longitud que aislaba barrios. Hubo una reforestación de 27 mil 120 m² de áreas verdes, con 708 árboles de pirul, acacia, astronómica, orquídea y níspero, y 8 mil arbustos de lavanda, romero, salvia, lirio y otras especies.
El proyecto también incorporó criterios de infraestructura verde funcional: suelo permeable para incrementar la humedad y la sombra vegetal, los cuales reducen la temperatura entre 4° y 5° centígrados, mitigando el calor urbano. No es un parque decorativo. Es un parque que regula temperatura, capta agua y conecta barrios que llevaban décadas separados por una franja de concreto y barda.
Consecuencias - Lo que funciona y lo que falta
El proyecto fue reconocido internacionalmente con una consistencia que pocas obras mexicanas de espacio público logran: Premio Mundial en la Bienal de Arquitectura Panamericana 2020 en la categoría de Hábitat Social y Desarrollo, nominación al Premio Mies Crown Hall Americas 2022, mención honorífica en la Bienal de Arquitectura de la Ciudad de México, y premio LOOP Design Awards 2023. Para el oriente de la ciudad una de las zonas con menor índice de espacio público por habitante de la capital significó la primera intervención de ese calibre en décadas.
El desafío pendiente es lo que suele estar pendiente en México: la continuidad. Las dos etapas siguientes del proyecto, que completarían los 5,6 kilómetros del corredor, aún no tienen fecha de inicio confirmada. La primera fase se financió con recursos de la administración de Claudia Sheinbaum como jefa de gobierno. El cambio de administración, como casi siempre, pone en pausa los proyectos que no alcanzaron a terminarse. El Gran Canal lleva más de un siglo sirviendo a la ciudad de maneras que nadie quiso reconocer. Bien podría esperar un poco más. Aunque ya esperó suficiente.
El Parque Lineal Gran Canal es, el que tiene la relación más honesta entre escala de intervención, recursos disponibles y claridad de propósito. No se vendió como la salvación de la ciudad. No contrató a una firma anglosajona para que le diera legitimidad internacional. Apostó por un equipo local, un diseño con memoria histórica, criterios ecológicos reales y, según el propio arquitecto director, "trabajo multidisciplinario entre arquitectos, ingenieros, paisajistas y biólogos". El resultado ganó premios que los proyectos con diez veces su presupuesto no obtuvieron. Lo que falta es la voluntad política para completarlo.

Monterrey, Nuevo León - El River Walk que Monterrey Construyó para Parecerse a San Antonio
Longitud: 3 km de canal navegable - Construcción: 1996–2007 (con interrupción de nueve años) - Inauguración: 15 de septiembre de 2007 - Arquitecto: Enrique Abaroa Castellanos - Financiamiento: Recursos federales, estatales, municipales e iniciativa privada · Costo: No público de manera desagregada
Antes - Un manantial colonial enterrado bajo el centro
El Paseo Santa Lucía rememora algo que existió de verdad: el antiguo ojo de agua de Santa Lucía, el manantial donde se dio la tercera y definitiva fundación de Monterrey por don Diego de Montemayor el 20 de septiembre de 1596. Ese manantial desapareció bajo el crecimiento urbano del siglo XX. El centro de Monterrey, como el de casi todas las ciudades mexicanas que apostaron por la modernización vía automóvil, terminó siendo un espacio hostile al peatón, fragmentado por vialidades de alta velocidad y con escaso espacio público de calidad.
La Macroplaza, construida en los años ochenta durante el gobierno de Alfonso Martínez Domínguez, fue el primer gran intento de reconfigurar el centro: una explanada de proporciones faraónicas que desplazó edificios históricos y comunidades enteras para crear el que sería, en su momento, el espacio cívico abierto más grande de América Latina. Resultado: un espacio enorme, ventoso, difícil de usar en verano por el calor del norte y que tardó décadas en ganar vida real más allá de los eventos oficiales. El Paseo Santa Lucía llegó como segundo acto de esa transformación del centro.
El Origen - San Antonio, Texas, como modelo de ciudad
A finales de los años noventa, las autoridades de Monterrey estaban buscando una manera de revitalizar el centro de la ciudad. Inspirados por el famoso River Walk de San Antonio, Texas, decidieron que un canal navegable podría ser la clave para atraer tanto a turistas como a locales al corazón de Monterrey. Que la segunda ciudad industrial más importante del país mirara hacia una ciudad texana como modelo urbano a imitar dice algo sobre la mentalidad de sus élites en ese momento y sobre la fuerza simbólica que el modelo norteamericano de espacio público ejercía sobre las clases dirigentes del norte de México.
La construcción comenzó en 1996 con un diseño del arquitecto Enrique Abaroa Castellanos. El proyecto se limitó a una primera parte de pequeñas dimensiones y fue detenida por más de 9 años. Se retomó en 2005 bajo el gobierno estatal de José Natividad González Parás. La obra fue inaugurada el 15 de septiembre de 2007 por el presidente Felipe Calderón, el gobernador González Parás y el alcalde de Monterrey. Una inauguración presidencial para un canal de tres kilómetros que conecta la Macroplaza con el Parque Fundidora.
El Proyecto - Tres kilómetros de agua en una ciudad donde el agua escasea
El Paseo Santa Lucía es, físicamente, un canal navegable de 3 kilómetros con botes de paseo, andadores peatonales, esculturas, murales, restaurantes y diecisiete placas informativas sobre la historia de Monterrey. Conecta la Macroplaza del centro histórico con el Parque Fundidora la antigua siderúrgica reconvertida en parque público, uno de los proyectos urbanos más sólidos de México y alimenta parcialmente su agua desde el propio manantial de Santa Lucía, que aún corre de manera subterránea.
El diseño de Abaroa apostó por un espacio de escala humana, con el canal como eje y el peatón como protagonista, en deliberado contraste con la lógica automóvil-céntrica que domina el resto de Monterrey. El resultado funciona como espacio de uso masivo: familias, turistas, estudiantes, parejas. Es uno de los pocos lugares del centro de Monterrey donde estar a pie un domingo por la tarde es una experiencia genuinamente agradable.
La crítica más lúcida que existe sobre el proyecto proviene de los propios académicos de arquitectura y urbanismo de la ciudad. Desde la inauguración, pocos se han preguntado cuál podría ser el futuro del canal, ni el costo de su mantenimiento, ni la veracidad del carácter sustentable que falazmente ha llegado a atribuírsele. La palabra "sustentable" se pegó al Paseo Santa Lucía como si un canal navegable en una ciudad con crisis hídrica crónica y temperaturas de 42 grados en verano fuera, por definición, ecológico. No lo es.
Consecuencias - Imagen urbana, especulación inmobiliaria y la pregunta que nadie hace
Los trabajos para la construcción y ampliación del Paseo Santa Lucía liberaron terrenos para la especulación inmobiliaria. Lo mismo ocurrió con la construcción de la Macroplaza. El centro de Monterrey ha experimentado un proceso de gentrificación lenta pero documentada: el Barrio Antiguo, colindante con el corredor, ha visto cómo el uso habitacional histórico cede ante restaurantes, bares y locales de consumo cultural orientados a estratos medios-altos.
El Paseo también reveló una contradicción estructural de Monterrey: es una ciudad que construyó un espacio peatonal de calidad en el centro y luego no supo qué hacer con él fuera de los horarios turísticos. La violencia y el crimen que azotaron a Monterrey en años posteriores reclamaron más portadas de prensa, opacando provisionalmente el espectáculo amable de Santa Lucía. Un parque bonito en una ciudad que enfrenta inseguridad estructural se convierte en una inversión que no puede usarse de noche. Ese es el problema de las intervenciones de imagen urbana sin política de seguridad y sin programa social: producen postales de día y abandonos de noche.
El Paseo Santa Lucía es el proyecto mexicano que más honestamente ilustra la tensión entre imagen y sustancia en la recuperación de espacio público. Funciona. Es bonito. Es genuinamente usado. Y al mismo tiempo plantea preguntas que nadie quiere responder: ¿cuánta agua consume un canal decorativo en una ciudad que compite por el agua de cuatro estados? ¿Qué tan sustentable es un espacio que requiere mantenimiento permanente financiado con recursos públicos y que en su entorno inmediato disparó precios inmobiliarios? ¿Cuánto del éxito del Paseo depende del Parque Fundidora, que es el proyecto realmente transformador de ese corredor, y cuánto del canal en sí? El Paseo Santa Lucía copió el River Walk de San Antonio. Lo que no copió fueron las décadas de política urbana que hicieron de San Antonio una ciudad medianamente habitable fuera de ese corredor.




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